Leyendas V

< A cova do Santo >


" Vivero, siglo XVI, la peste negra llega a las puertas amuralladas de la Villa, el mal comienza a matar a los vecinos sin piedad, pocos son los que se salvan de la plaga.
Uno de ellos es Gonzalo de Velaira, que a duras penas ha conseguido ganarle; aún con secuelas decide subir al monte y notar en su cara la fresca brisa de la montaña.
Al llegar a la cima, ve una cueva tallada entre las peñas, a la entrada un hombre le mira mientras su perro lame las heridas de su maltrecha rodilla derecha, viste con ropas harapientas, un sombrero de ala y una esclavina de peregrino, en sus pies calza unas sandalias de cuero muy desgastadas, y se apoya en un largo cayado de pino.
Se saludan y le invita a entrar, Gonzalo ve entonces un pequeño habitáculo en el que apenas caben ellos dos y en un rincón un zurrón, una manta para dormir y unas pocas provisiones que llevarse a la boca.
Gonzalo le cuenta los problemas que padece la Villa, mientras oyen tañer las campanas de todas las iglesias al unísono en señal de dolor. El extraño personaje habla en un idioma extranjero salpicado con alguna palabra local, dice llamarse Roque y le pide que recen y le pidan a Dios que cure rápido la horrible epidemia.
Roque, recoge sus pocas pertenencias y mirando por última vez hacia Vivero invoca una oración rogando cese la plaga; acto seguido se va monte arriba en dirección al Penedo do Galo, siguiéndolo fielmente su perro; desde la lejanía saluda bastón en alto a Gonzalo.
Durante horas y hasta que empieza a caer la noche, sentado a la entrada de la cueva piensa en todo lo que le ha pasado a lo largo del día. Baja a la Villa, y se encuentra con un estado totalmente distinto a cuando subió, la gente corre alegre por las calles, han cesado las campanas y se oyen gritos de "milagro, milagro, se ha marchado la peste".
Gonzalo cuenta su encuentro con Roque y sus peticiones a Dios para curar la enfermedad; las autoridades locales deciden visitar la cueva y allí cerca construir un capilla, además de nombrar a San Roque como copatrono de Vivero; las gentes del pueblo acuden en peregrinación al lugar donde habitó el santo que los libró de la peste y rezar llamándolo "abogado de la peste".

(Recopilado de viejos papeles de la Comunidad de Montes)